sábado, 27 de enero de 2007

La Isidora y su mamá / La Daniela y su hija


Ahijada y Comadre, oficialización: el 24 de febrero.

(A veces uno se gana la lotería sin haber apostado un mísero cartón)

miércoles, 10 de enero de 2007

Tengo miedo, blogero

"Me asusta, pero me gusta"
-Gilda-.
"Tengo miedo, tengo miedro, tengo mucho miedo"
-El pato miedoso, en 31 minutos-.

El miedo es un sentimiento dúctil, adaptable a distintas situaciones. Hoy, por ejemplo, me tocó cubrir una misa de un grupo de pinochetistas en honor al dictador. Como invitados especiales estaban la Lucía chica y su hijo Rodrigo, el mismo que acompañaba al ex militar durante el atentado del FMPR en el Cajón del Maipo, en 1986.

Si bien no demasiado cordiales con la prensa, ambos entraron piola y aceptaron contestar algunas preguntas. Pero como uno siempre quiere más, debimos esperarlos hasta el fin de la misa, que incluyó las interpretaciones del Himno Nacional -con estrofa "vuestros valientes soldados"- y "El Rey".

La cosa es que cuando salieron de la Iglesia, en medio de besos, sobajeos, fotos y autógrafos, la madre y su hijo eran otros. Inflados como sapos. Y con mi colega volvimos al ataque, pero desistimos porque la cosa se puso tensa. Las viejas empezaron a gritarnos que no fuéramos desubicadas y admito que paré porque temí que me pegaran.

Otro susto que he sentido en estos días es a causa de unos exámenes que debo realizarme y que pretenden determinar qué tanta propensión tengo a formar coágulos y generar algún tipo de tromboembolismo, que fue la causa de muerte de mi mamá y mi prima Ximena, fallecia algunos días antes.

Antes de que mi mamá se muriera, a mí no me daba miedo la muerte. Es más, la consideraba casi un premio al esfuerzo. Pero después, pensaba en mi deceso y me daba susto. Mucho. De hecho, hace algunos meses estaba tan estresada que me dolía el pecho y me "sicoseaba", pensando en que me podía morir de repente. Ahora ya no es tanto, aunque de todas formas a ratos me inquieto.

¿Ven que el miedo es dúctil y adaptable?

martes, 9 de enero de 2007

Sólo por la maldita vanidad


Bien, he recibido hartas loas por esta nota, publicada en este prestigioso matutino . Y sí, soy vanidosa, por eso la subo acá. Fotos, de Mauricio "Pollo" Alegría, que si quisiera, podría darnos mil patadas a varios.




Pedro es mi copiloto

Mientras testigos, defensores, fiscales y jueces escribían la historia del llamado caso Velásquez, en la reja que separa al Tribunal Oral de la calle, los seguidores del alcalde vivían una más sabrosa. Banderas de colores, pancartas, gritos de barras bravas, pan amasado, llantos, lamentos y altercados con la prensa: Pasen, bienvenidos a la Velasquezmanía.

Por Lorena Muñoz Zapata

“¿Por qué nos dejan afuera? ¿Por qué siempre discriminan a los pobres?”, reclama la señora Rosa al carabinero que custodia una de las entradas al Tribunal Oral en lo Penal de La Serena. “Es que así son las cosas, pues señora. No ve que nunca respetan al pueblo. ¡Si fuera por don Pedro, estoy segura que no pasaría esto!”, reclama otra mujer, aperada con una bandera fucsia y que lanza un feroz desprecio al uniformado, que sin duda temería por su vida si las miradas mataran.

Son más de las 10:45 horas y falta menos de 60 minutos para que del otro lado de la reja se inicie el acontecimiento del año en la zona: La culminación del juicio contra el alcalde de Coquimbo, Pedro Velásquez.

Y aunque la historia del llamado caso Velásquez –que ha concentrado la atención mediática durante dos años- se escribe en establecimiento judicial, la señora Rosa, sus vecinos de la Parte Alta y otros tantos que vienen de El Llano, San Juan, el Triángulo, El Sauce y Tierras Blancas, protagonizan otra aún más sabrosa, según cuentan los colegas que han estado siguiendo los pormenores del proceso. Justo del otro lado de la verja, custodiados por impávidos policías, que optan por esquivar los cuestionamientos de los velasquistas.

Es que “don Pedro” se las trae. Desde su irrupción en la cosa pública en 1992, cuando sorpresivamente se quedó con la alcaldía del puerto, su popularidad subió como la espuma. Y cual estrella pop, “Pedrito” carga con su fan club, que lo sigue en “esta injusticia tan terrible que le toca vivir”, como reflexiona Cecilia, quien vive con sus hijos y nietos en Tierras Blancas.

LEY DEL HIELO

Los velasquistas presumen de su lealtad. Han estado durante casi cuatro semanas, a pleno sol, soportando largas esperas y desgastándose la garganta. En su mayoría se trata de mujeres y adultos mayores que aseguran que tienen bastante que agradecer al suspendido jefe comunal.

Una de ellas viene desde Guayacán con un grupo de amigas y lamenta que su glaucoma no le haya permitido venir todos los días. Caracterizada con los atuendos más comunes de la barra del edil –sombrero y lentes oscuros- reflexiona sobre “la inmensa bondad de Pedro, que no mira colores políticos y eso debería saberlo la senadora Matthei” y asegura que “tengo fe en la justicia”, aunque añade que igual tiene un poco de susto, porque “a veces los jueces no lo hacen bien. No se olvide que a Jesús lo colgaron en medio de dos ladrones”.

La señora de Guayacán es devota, pero también desconfiada. Me mira con recelo –“no la había visto antes por acá”- y cuando se entera que soy periodista, opta por el silencio y por no contarme como se llama. “Los diarios se han portado mal con el alcalde”, argumenta. Y claro, su mirada de desprecio confirma que, después de Matthei, sus abogados y el fiscal Vásquez, los periodistas como yo son los más odiados por la barra. ¡Glup!.

NEGOCIO REDONDO

Un poco perturbada por la ley del hielo de la señora con glaucoma, opto por alejarme y me instalo más allá, justo al lado de un poste. Que no es cualquiera, ya que ahí es el punto clave para quienes deseen matar el hambre con tanta protesta e incertidumbre.

Domingo Hernán Villafaña Aguirre es el hombre. Está en el lugar preciso y en la hora adecuada, es decir la del apetito.

Cuenta que desde hace 50 años trabaja vendiendo tortillas y que “como la gente se viene al juicio temprano, sin desayunar, me dijeron que viniera”. Y claro, con varios estómagos vacíos y ansiosos, el negocio es redondo: cada una –de más o menos medio kilo- vale $350, mientras que la oferta especial es 3 por $1000.

Aunque aprovecha la coyuntura para ganarse el pan vendiendo el mismo producto, Domingo aclara que el también viene para apoyar al alcalde, “porque es buena persona y ha sacado a Coquimbo para adelante”. Dice eso mientras ofrece un pedacito de su exquisita mercancía. Sin embargo, pienso en el verano y digo “no, gracias”. Mejor me voy, para evitar la tentación.

SALTANDO
LA REJA

El cambio de escenario no es el más adecuado, porque apenas me instalo en mi nuevo sitio, Daniela y Morelia me plantan un pisotón. Pero como a los 8 años se es adorable, las niñas piden disculpas y cuentan que también están ansiosas por el juicio.

Son lejos las más amistosas del grupo. Cuentan que son amigas desde “chicas” y Morelia dice que pronto se mudará con su familia a una casa en el sector el Sauce, mientras Daniela dice que su padre prefiere que le asignen mejor un terreno.

Luego me toca a mí: cuento que soy periodista. Son las únicas que se alegran y que no dejan de conversar al saberlo. Pero debo dejarlas. Son más de las 12:15 y en cualquier momento puede haber alguna noticia desde el otro lado de la reja.

LA CONSPIRACIÓN
DE RAMÓN

En el hall del Tribunal se respira lo que los colegas llaman “expectación periodística”. Algunos, los que no entramos a la sala, nos quedamos dando vueltas y especulando sobre el resultado.

Afuera, los adherentes de Velásquez no paran de gritar, suponemos que tan ansiosos como nosotros. Pasadas las 12:30 horas, Cristian Pizarro, de TVN, sale a grabar un despacho para el canal de todos. Tras ser acosado verbalmente por las velasquistas –“mijito rico”, le gritan-, confirma que el alcalde, en un “juicio histórico”, es considerado culpable por fraude al Fisco.

Minutos después salen todos los que entraron a la audiencia. La noticia se esparce rápidamente entre los adherentes del alcalde y estalla el llanto y las pasiones. El senador Pizarro, a duras penas, logra terminar sus declaraciones a la prensa, porque los medios lo dejan para correr con micrófonos y grabadoras hacia donde está Ramón Velásquez, el concejal hermano de Pedro.

La autoridad formula acusaciones terribles, ya que sostiene que el juicio está arreglado y dice que lo visto es “una suciedad enorme”. Con rabia, declara que toda la situación le parece “¡una mierda!”.

PARA
RATO

Afuera, con la salida de Velásquez, se arma una tole tole de proporciones. Los simpatizantes reclaman porque los periodistas se abalanzan sobre el cuestionado edil y no los dejan estar cerca de su héroe. Los periodistas, en tanto, reclaman que los simpatizantes no los dejan hacer su trabajo. Como se ve, la mala onda es mutua.

Pero el que saca la peor parte de estas diferencias irreconciliables es el reportero gráfico de El Mercurio, Vladimir Bigorra, quien recibe un contundente golpe en la nariz por parte de un hombre –al parecer, un funcionario municipal- que se escabulle antes de que los carabineros puedan impedirlo. Adherentes, uno; prensa, cero.

Pero los velasquistas también tienen una baja y de las importantes, porque una de las cabecillas del grupo, Lucy Sánchez, se desvanece, producto de la pena y el calor. En tanto, los demás insultan a gritos a Evelyn Matthei, quien sale discretamente del tribunal en dirección a la sede de la UDI, donde convoca a la prensa para expresar su satisfacción por el fallo.

Mientras Velásquez, como es habitual, se sube al capó del vehículo y arenga a las masas, transformada en un coro griego que responde las alocuciones de su líder con expresiones como “¡Grande, don Pedro!” o “¡Es una injusticia!”.

Pero el alcalde los llama al silencio. Declara que “la guerra no está perdida” y afirma que “todavía los necesito porquen tengo la convicción de que vamos a ganar (…) en el nombre de Dios”.

La multitud lo mira extasiada. Hay velasquezmanía para rato.


GRANDES ÉXITOS
GRITABLES

Las maratónicas jornadas del juicio oral despertaron la creatividad de sus seguidores, que inspirados en las barras bravas, idearon una serie de gritos para apoyar al alcalde y hacer más corta la espera.

Entre las joyas de la colección se destaca una de inspiración navideña, que rescata la tradicional melodía de “jingle Bel” y dice “Ganará, ganará, Velásquez ganará y seremos muy felices en esta navidad. Velásquez ganara, el juicio terminará y seremos muy felices en esta navidad”.

Otras, de clara vocación futbolera son “volveremos, volveremos, volveremos otra vez, a tenerte como alcalde, como la primera vez” y “Vamos, vamos Pedrito, que este juicio lo vamos a ganar”.

Tampoco faltaron los de estilo político, como “Pedro, amigo, jamás será vencido”, “Velásquez, escucha, sigue en tu lucha” y “Velásquez, amigo, el pueblo está contigo”.

lunes, 1 de enero de 2007

Antes que todo

Cuando niña me gustaba marzo y, particularmente, el olor de los cuadernos nuevos. Me pasaba las últimas semanas de febrero, luego de la compra de los útiles escolares, mirando mis cuadernos, poniéndole forros plásticos y etiquetas, clasificándolos, pensando en lo que escribiriía, en lo que tacharía, en lo que omitiría.

Han pasado años -no tantos, tampoco- y debo admitir que con este espacio me pasa lo mismo. Me motiva mucho o, como dicen los siúticos, me hace ilusión empezar otra vez. Porque han de saber que este no es mi primer blog. Y que el
anterior lo abandoné, lo que me hace -supongo- una bloggera no confiable.

No importa. Durante varios meses, mi blog era bastante importante para mí. Estaba alucinada y creía en el poder de la palabra. Pero antes de que cumpliera un año, en agosto, mi mamá se murió. Y yo había predicho mi orfandad, pero en otro sentido.

Con la muerte de mi mamá yo también morí un poco. Se me acabaron las ganas. Me cuesta levantarme, me cuesta concentrarme, me cuesta sonreír. Y mucho más escribir.

Sin embargo, creo que es hora de levantar cabeza. Y creo que tal vez, aquí y ahora, debo empezar a hacerlo.

Bienvenidos, porque me hago cargo de lo que escribo.