Hasta hace ocho años, yo no tenía muy claro qué era la muerte. O sea, en términos conceptuales, sabía que era, pero en la práctica no cachaba muy bien las consecuencias. Mi Tata se había muerto cuando tenía diez y aunque me dolió mucho su partida, nunca tomé conciencia plena de que había muerto.
Hasta que hace ocho años mis compañeros y yo nos encontramos de cara con la muerte. Que estaba bien lejos de ser la vieja calentona de la que habla Nicanor Parra en su poema. Es más bien una vieja impertinente y rotunda, una vieja llevada de sus ideas, ante la que no queda mucho más que agachar el moño.
La vieja se apareció hace ocho años. Para llevarse al Oscar, el “amable gordo de la sonrisa fácil”, como tan hermosamente lo definió hoy Claudio Mora en El Día. No estábamos en un carrete reventado, ni arriesgándonos con la ruleta rusa, ni nada por el estilo. No. Algunos estaban en las canchas de la Colina, en el Campus Andrés Bello de la ULS, y otros íbamos en camino.
La vieja intrusa decidió que el partido del Oscar llegaba hasta aquí no más. Como lo hizo en agosto de 2006, con mi madre, la persona que más he amado en el mundo. Y nosotros debíamos quedarnos en la cancha, seguir jugando, a pesar de no que no entendíamos bien –y creo que todavía no esta claro- de qué se trata este juego.
Para mí, al menos, la del Oscar fue mi primera muerte, mi primera maldición al cielo, las primeras lágrimas que derramé con la certeza de que esa aleación de agua más sal no serviría de nada. La primera vez que entendí que más valía recordar con cariño que lamentar con ira. Aunque todavía no me resulte del todo esta lógica. Así pues, a casi una década, tengo la certeza de que al Oscar no lo olvidaré jamás. Porque la primera muerte es como el primer amor. Por eso, donde estés, un beso. Y síguenos cuidando.
Mostrando entradas con la etiqueta Óscar. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Óscar. Mostrar todas las entradas
martes, 20 de mayo de 2008
lunes, 21 de abril de 2008
La mamá del Oscar (o insertar aquí una canción de los Fabulosos Cadillacs)
Hacía tantos años que no la veía. Hasta ayer. Me la encontré de improviso, en las inmediaciones de la Escuela de Periodismo de la ULS, en la Colina. En el mismo lugar donde empezó todo.
El reencuentro con la mamá del Oscar fue totalmente circunstancial. Fui a cubrir una actividad del PS, a la que asistía Camilo Escalona y ella andaba en las mismas, claro que en calidad de simpatizante. Cuando la vi, no estaba segura de que fuera ella, pero cuando se acercó a saludar a Lautaro, el reportero gráfico, supe quien era.
Y me quedé allí, buscando las palabras para decirle que había sido compañera del Oscar, hasta que Lautaro –que debe haber tenido en ese rato una de las escasas intervenciones oportunas de su vida- le dijo algo como “oiga, ella es Lorena y estudió con su hijo”.
Entonces, ella, la mamá del Oscar, me regaló una sonrisa inmensa y me abrazó. Yo siempre he sido un poco huraña con el cariño físico, como que me incomoda, fíjese. Pero esta vez me dejé abrazar y me di cuenta de que lo necesitaba. Luego, seguimos conversando y ella mantuvo mi mano tomada.
Me dieron ganas de contarle que mi mamá se había muerto, pero me dio pudor. También quise contarle que cuando eso pasó, me acordé del Oscar, de lo mucho que me dolió su muerte, de las preguntas abiertas que dejó. De las otras, las que dejó mi mamá, de ese espacio vacío que tengo y que todavía duele. Pero me dio pudor y no quiero dejarle muchas ventanas abiertas a la pena.
En fin, el encuentro no duró más allá de unos cinco minutos y sólo cuando se fue me percaté de que jamás he sabido como se llama la mamá del Oscar. Lo único claro fue que hubiese querido escuchar cualquier tema de los Fabulosos Cadillacs y tal vez bailar en honor del Oscar. Y de mi madre.
El reencuentro con la mamá del Oscar fue totalmente circunstancial. Fui a cubrir una actividad del PS, a la que asistía Camilo Escalona y ella andaba en las mismas, claro que en calidad de simpatizante. Cuando la vi, no estaba segura de que fuera ella, pero cuando se acercó a saludar a Lautaro, el reportero gráfico, supe quien era.
Y me quedé allí, buscando las palabras para decirle que había sido compañera del Oscar, hasta que Lautaro –que debe haber tenido en ese rato una de las escasas intervenciones oportunas de su vida- le dijo algo como “oiga, ella es Lorena y estudió con su hijo”.
Entonces, ella, la mamá del Oscar, me regaló una sonrisa inmensa y me abrazó. Yo siempre he sido un poco huraña con el cariño físico, como que me incomoda, fíjese. Pero esta vez me dejé abrazar y me di cuenta de que lo necesitaba. Luego, seguimos conversando y ella mantuvo mi mano tomada.
Me dieron ganas de contarle que mi mamá se había muerto, pero me dio pudor. También quise contarle que cuando eso pasó, me acordé del Oscar, de lo mucho que me dolió su muerte, de las preguntas abiertas que dejó. De las otras, las que dejó mi mamá, de ese espacio vacío que tengo y que todavía duele. Pero me dio pudor y no quiero dejarle muchas ventanas abiertas a la pena.
En fin, el encuentro no duró más allá de unos cinco minutos y sólo cuando se fue me percaté de que jamás he sabido como se llama la mamá del Oscar. Lo único claro fue que hubiese querido escuchar cualquier tema de los Fabulosos Cadillacs y tal vez bailar en honor del Oscar. Y de mi madre.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)