Ahí estaban. Gritones, estruendosos, desafiantes. Hinchados como sapos, celebrando que gracias a la política del empate, del tenemos-que-reconciliarnos y del todos-tienen-derecho-a-manifestarse-en-la-buena-onda, estaban allí, con la calle tomada. Como si el general aún estuviera en pleno apogeo y no fuera un puñado de cenizas. Asegurando que Pinochet y la CNI eran los liberadores del país, obviando las negras cifras que confirman las violaciones sistemáticas a los derechos humanos en la época del régimen militar.
“¡El pinochetismo está vivo!” Y “Es hora de conocer la verdad histórica”,
chillaban con ardor milicos de bajo rango en retiro, civiles agradecidos de “la
obra” y un ejército de clones de Patricia Maldonado, aunque la ahora figura de
la TV no estuviera allí.
Porque no llegó la Maldo (te nos caíste, Maldo), ni la Maqueca, ni Cardemil, ni Moreira
(“traidor”, le gritó la concurrencia).
Tampoco estuvo la generación Chacarillas: no fue el Pollo Fuentes –bueh,
se desmarcó hace rato-, ni Joaco, ni Pablo. Es más, ese día, en TVN, Andrés
(aka el ministro vocero de gobierno, Andrés Chadwick) aseguró que "hay una situación de la que me arrepiento, que es la violación brutal a los derechos humanos y tengo un profundo arrepentimiento de haber sido parte de un gobierno donde esos hechos sucedían”.
Apenas llegó Alfonso Márquez de la Plata, ex ministro de la dictadura y el
organizador del homenaje que se le hizo al brigadier ® Miguel Krassnoff
Marchenko, procesado por violaciones a los derechos humanos. El ex secretario
de Estado, al irse del barrio San Diego un par de horas después del show, se
llevó un par de chuchás y unos cornetes de parte de indignados por el
tributo.
ALMAS GEMELAS
Pero volvamos al Caupolicán, el domingo 10 de junio, 10 horas. Unas mil personas (la capacidad del teatro es de 5 mil) llegaron con pancartas,
lienzos, fotos del dictador abundaban en la calle San Diego, a la altura del
800. Las señoras más fanáticas llevaron incluso unos bustos de bronce, que cargaban como si fueran reliquias. Otras
vestían unas camisetas blancas, de manga larga, con la imagen del viejo impresa
y ya desteñida. Una de las señoras explicó que muchas de esas poleras fueron
usadas por las comitivas que viajaron a Londres, cuando exigían la liberación
de Pinochet, durante su detención en Inglaterra por el proceso que seguía en su
contra el juez español Baltasar Garzón.
Las mismas damas aguerridas, que mostraron su fiereza contra los ingleses
en la capital británica o ante su embajada, en Santiago, se derritieron cuando
llegó el héroe de la jornada: Augusto Pinochet Molina, ex capitán de Ejército y
que se hizo conocido durante el funeral del dictador, por arrancarse con los
tarros en su discurso, lo que generó su baja.