miércoles, 4 de junio de 2014
Lluvia
domingo, 12 de agosto de 2012
El tamaño de los peces
viernes, 18 de noviembre de 2011
Caso omiso
martes, 8 de noviembre de 2011
Juegos
Gabriela adora esa hora del día. La casa huele a pan tostado, huevos revueltos, a veces, a panqueques con manjar. Las tareas ya están hechas, la mamá mira las noticias, limándose las uñas y pensando en quien sabe qué. Paula, la tía, se levanta y sale a fumar al balcón.
jueves, 20 de octubre de 2011
Acto fallido
La mesera dice que esto es lo que hay. Que ha venido demasiada gente hoy y que se acabaron las cervezas frías. Que lo único que puede ofrecer por mientras es este líquido tibio y aguachento; que lo otro es esperar a que estén listas las botellas que puso a enfriar. O que opte por otras, artesanales y más caras, que ésas sí están heladas.
viernes, 14 de octubre de 2011
Mi vida es un bolero
Podíamos pasarnos horas así: ojo contra ojo, nariz contra nariz, mentón contra mentón. Boca contra boca. En los tiempos cuando nos reíamos y organizábamos excursiones a callejones perdidos, buscando boliches añejos.
Nos emocionaban las canciones de veteranos, especialmente si eran de Los Ángeles Negros. Dejábamos los vasos de lado y a duras penas apartábamos a los ebrios, a fin de que nos dejaran espacio para bailar en la pista. Y bajo las estrellas. Y bajo la lluvia. Y bajo la ducha.
Hoy juega al cíclope con otra.
Parece que se pasan horas así. Ojo contra ojo, nariz contra nariz. Labios contra labios. Claro que ahora ya no le gustan los tugurios de mala muerte. Ahora lo suyo son los restoranes de moda, donde le toma la mano con recato y la escucha hablar de créditos hipotecarios, fondos mutuos y alarmas anti robos.
Yo sigo en lo de siempre, aquí, en los bares. Con el corazón magullado, mucho alcohol en la cabeza y los pies inestables. A veces me caigo cuando bailo, por lo que ahora soy yo la que estorba a los enamorados nostálgicos, que se juran amor eterno mientras danzan canciones de viejos.
Horóscopo
viernes, 23 de septiembre de 2011
Que nunca falten las peúcas
"Todo está en su cabeza, Virgo" - Horóscopo, 09.01.2001
jueves, 22 de septiembre de 2011
Soñar contigo
miércoles, 18 de mayo de 2011
Metro
lunes, 2 de mayo de 2011
Intrusa
Somnolienta, miró el reloj. Las ocho. Lamentó que la hubiera despertado a esa hora; era un sábado gris y frío y contaba con dormir, al menos, un par de horas más. Hace tiempo que la rutina le jugaba malas pasadas y la tenía despierta desde las 7, fuera día hábil o festivo.
Intentó seguir durmiendo. Se acurrucó, tapándose la cabeza y cerró los ojos. Pero sus esfuerzos fueron inútiles. A las 9, se dio por vencida y decidió desayunar. Pensó en esperarlo viendo alguna película o leyendo el diario, que seguramente, traía suplementos. No sabía qué tan larga sería la espera. De modo que pescó la sábana y se cubrió, como si alguien pudiera verla, para buscar el pijama, que estaría en algún lugar de la pieza, quizás bajo la cama.
Una vez vestida, fue a la cocina y se preparó un café con leche y tostadas. Llevaban unos cuántos meses saliendo y ya en algunas ocasiones le había tocado quedarse sola en su casa. Sin embargo, ésta era la primera vez que la embargó una sensación de intimidad que no había sentido antes. Pensó que era curioso sentir eso, sentir la complicidad, la cercanía, justo cuando él había tenido que partir de urgencia y la dejaba sola allí.
Pero la placidez duró poco. De repente, cayó en la cuenta que su conocimiento sobre la casa era precario. Básicamente se reducía al living, el dormitorio y su baño en suite, la cocina y el baño. Sin embargo, casi no había estado en la pieza del fondo, ni en el baño contiguo. Se dio cuenta de que en realidad, no sabía tampoco qué había en los armarios, en la despensa, que tenía una llave en la puerta.
Pensó que lo mismo pasaba con él. Que si bien conocía su desnudez, un par de gestos tiernos y unas cuantas mañas, no tenía muchas más certezas. ¿Qué sabía de él? Mentalmente, repasó los datos que manejaba: era el encargado de informática de una oficina; prefería el vodka a la piscola, le cargaba hablar de política y podía pasar muchas horas jugando a la pelota.
De la ex no hablaba mucho, ni bien ni mal. A veces, la mencionaba a la pasada, por cosas irrelevantes.
Miró la hora. las 9.30. Pensó que no estaría mal saber más de él y estar sola en la casa era una buena ocasión para indagar. Revisó cajones. No encontró nada de interés, ni mucho menos, revelador. Nada, aparte de cuentas antiguas, boletas de casas comerciales ya pagadas, citaciones de la junta de vecinos, revistas, algunos artículos de diario. En la despensa, lo común: fideos, arroz, latas de atún y cajas de té y avena.
Luego, pasó al baño del pasillo. Era un espacio pequeño, que olía a limpiador y cloro. Revisó el estante y vio envases con cremas, exfoliantes, shampoo y bálsamo fortificante, y un par de elásticos para el pelo. Percibió un olor cítrico llenaba el ambiente y descubrió que había abierto un frasco gel de ducha de limón, al borde de la tina. Ajustó la tapa, lo puso en su lugar y se percató que había una gotera.
Salió al pasillo y se metió a la última pieza. Alguna vez, él comentó aque su ex ocupaba el espacio contiguo de escritorio, que ahí pasaba las horas muertas del fin de semana y muchas noches en la semana, donde avanzaba los test e informes que realizaba como profesora de enseñanza media.
La habitación estaba llena de libros: poesía, novelas, diccionarios, ensayos. Había un sobria fotografía de una abuela en blanco y negro, enmarcada en las paredes, afiches de películas y un par de cajitas de música.
Se acercó al escritorio. Había una foto de cuando estaban juntos. Sonreían, abrazados y felices.
Entonces se percató que el computador estaba encendido. Prendió la pantalla y se encontró con un texto en redacción. "Control escrito, Cien años de Soledad, 4º medio A", rezaba el encabezado. Luego, seguía un listado de Verdadero y Falso, el árbol genealógico de los Buendía por completar y un cuestionario de preguntas de desarrollo aún no cerrado.
Terminó de leer el texto y, por costumbre, cambió el espaciado de los párrafos y aplicó Ctrl + G, guardando las modificaciones.
Luego, revisó los cajones. Encontró pruebas corregidas, guías y otras evaluaciones, además de algunos catálogos de grandes tiendas. Un par de analgésicos, unas sombras para los ojos y dos envases con restos de labial, en tonos rosa y malva.
Miró la hora, eran casi las once. Decidió volver a la cama. Salió al jardín a recoger el diario y volvió a la pieza.
Ahí fue cuando la vio. Se veía menuda y frágil, acurrucada bajo las sábanas. El pelo, castaño y liso, le caía sobre la cara.
Se quedó inmóvil en el marco de la pieza. No entendía en qué momento había entrado a la casa, por qué dormía plácidamente y menos aún, cómo era posible que hubiese entrado sin que haberla oído.
Antes de que pudiera salir del estupor, la puerta del baño se abrió. Recién duchado, él se acercó a la cama. Con el pelo todavía goteando, se inclinó sobre ella, despertándola, a causa del contacto del agua y la mejilla fría sobre su rostro.
Le apretó la nariz, para avisarle que había surgido una urgencia en el trabajo. Le dijo que debía partir ahora mismo, pero que lo esperara porque estaría de vuelta para almorzar juntos.
A modo de despedida, él abrazó a la somnolienta, le mordió brevemente el hombro y le dio un beso rápido. Luego, y pese a que pasó por su lado, junto a la puerta, salió sin verla, como siempre. Después, un portazo y la casa quedó en calma.
Estuvo un rato así, sentada en el suelo, abrazada a sus rodillas flectadas. Decidió sacar su ropa de la pieza y tratar de salir lo más silenciosamente. Al pasar cerca de la cama, la mujer seguía durmiendo plácidamente.
Se metió al baño del fondo, se duchó con premura. Ni siquiera alcanzó a tapar el jabón líquido y dejó mal cerrada la llave. Se vistió, tomó sus cosas y salió. Debía estar fuera cuando la otra despertara y empezara a hurgar las piezas, buscando sus huellas en la que hace algún tiempo fue su casa.
martes, 12 de abril de 2011
Electra en reversa
Supieras todas las veces que tuvimos que dar la cara por él ante la familia y los amigos; las veces que tuvimos que negociar con sus acreedores; las veces que tuvimos que saldar sus cuentas.
Él, como si nada. Escondiéndose detrás de su rostro pálido y ojeroso; su aspecto de gato mojado; su cuerpo encorvado y flacuchento.
Y es que en su aparente fragilidad residía su encanto. Así cayó mi mamá, que siempre se las perdonó todas. Igual que yo, que salí parecida a ella.
Mis hermanos, no. Apenas tuvieron uso de razón, se dieron cuenta de sus estrategias. De sus historias de penurias con tufo a dèjá vu. De su permanente y sospechosa mala suerte. De sus constantes dolencias, de su falta de carácter. De sus negligencias, sus torpezas y su falta de tino. También se dieron cuenta rápido de que mi mamá no necesitaba más hijos que su marido, que ellos eran niños ajenos disputándole a Roberto su madre.
Mi caso no fue distinto, sólo que yo acepté las reglas del juego. Para que ella estuviera feliz conmigo y me dejara estar cerca de Roberto.
Yo siempre fantasee con reemplazarla, con hacerme cargo de mi padre. Mi pobre y débil papá. No me mires así, estamos hablando en confianza. Claro que me dolió cuando ella se enfermó, pero ya que estamos siendo honestos, te digo que secretamente, su enfermedad me alegró. Con su salud debilitada, ella dejó de estar por completo para él. Y ahí entré yo. Con eficiencia de hormiga, y mientras mi madre se debilitaba día a día, empecé a lograr mi objetivo: hacerme imprescidible para él.
Roberto empezó a acudir con cada vez más frecuencia a mí para que aliviara sus dolencias. Para que le explicara a sus amigos o mis hermanos sus extrañas desapariciones; comencé a hacerme cargo de pagar sus deudas; de confortar a mi madre, que resentía la abulia de mi padre ante su enfermedad.
Cuando ella murió, yo quedé a cargo de todo. No me importó que mis hermanos se fueran y me dejaran sola.
Era lo que quería.
Con mi papá me bastaba.
Sinceramente, me dio lo mismo cuando mis amigos expresaban su inquietud por el rumbo que tomaba mi vida, porque mi existencia se iba centrando exclusivamente en mi padre. Tampoco me importó las habladurías de las vecinas; ni tampoco cuando los demás, incluso tú, se fueron alejando porque me volví huraña y apática. Pensaron que me convertía en una extraña cuando, en verdad, recién me mostraba cómo era con todos, excepto con él.
De a poco construí una rutina. Levantarse a las seis, hacer el aseo, cocinar sin aliños. Partir al trabajo, hablar lo mínimo, regresar rápido. Si él estaba en la casa, servirle la comida, arroparlo, ordenar su ropa. Si no estaba -como ocurría la mayoría de las veces-, esperarlo para aliviar su borrachera. O si no, salir a buscarlo a los bares, pagar su consumo, dejar la propina y traerlo de vuelta.
No te podría decir cuándo empecé a darme cuenta de que Roberto no me quería. Que tampoco quiso a mi madre. Y aunque seguí viviendo en torno de él, fui acumulando un rencor sordo, que supe ocultar bien en atenciones y una devoción a prueba de balas. Secretamente, empecé a odiar su sonrisa débil, sus borracheras, los achaques y que siempre se metiera en problemas.
Junto con eso, comencé a sacar cuentas. Me percaté de que su deuda conmigo era inmensa y que, al contrario del resto de sus acreedores, me iba a preocupar porque pagara en persona y totalmente.
Reconozco que debí ser más original, pero créeme que no se me ocurrió de otra forma.
Con los ojos bien abiertos, vigilé que se tomara toda la sopa e inventé algo convincente para explicar el sabor distinto que dijo percibir en el caldo. Nadie de la familia sospechó de mí cuando les avisé de su repentina muerte. Es más, mis hermanos supusieron que optó por un suicidio para escabullirse una vez más de sus responsabilidades.
Y pese a que me consolaron al verme deshecha, todos se aliviaron con su fallecimiento. Por fin la vida me liberaba de una pesada carga.
Ahora tú me ves así, entera y digna. Pese a la pérdida, mi precaria situación económica, los compromisos impagos y los problemas heredados por resolver. Vine a las exequias con mi mejor vestido y me compré unos zapatos especialmente para la ocasión. Sabes que soy la única de la familia disponible para decir algunas palabras en memoria de Roberto. Resaltaré lo mucho que lo quise y lo feliz que fui con él.
Tú bien sabes que no hay muerto malo.
lunes, 24 de enero de 2011
Mejor no venir
sábado, 16 de octubre de 2010
Calladito, mejor
jueves, 6 de mayo de 2010
Astilla torcida
El viejo puso demasiadas expectativas en mí, pese a que siempre intuyó que no sería capaz de responderle. Es cierto que soy una marioneta, pero desde los inicios supe que había que sacrificarse para ser algo más que esto, así que apreté los dientes y le eché para adelante. Sabía que era distinto al resto; mis extremidades eran tiesas y si alguien osaba a acariciarme, corría el riesgo de astillarse las manos. Nunca pude moverme con la prestancia de los otros niños y la ausencia de un latido en mi pecho era la diferencia que –en algún momento- más me perturbaba.
No tener corazón, de todas formas, podía ser una ventaja. Me endurecí e hice caso omiso a las burlas, a las expresiones de curiosidad extrema y a las miradas de lástima o desconfianza. Pero a Gepetto, mi padre, todo eso le dolía y le recordaba su incapacidad para darle continuidad a su linaje y oficio. Se quedaba despierto hasta altas horas de la noche, pensando cómo darme órganos y sentimientos, cómo convertir ese montón de madera pintada en un niño, un hijo de su sangre. Mientras, yo lo acompañaba en sus desvelos, más curioso que conmovido.
De tanto verlo afanarse en la búsqueda de soluciones, fui inventando las mías. Empecé a distraer al viejo con cuentos que jamás había oído; el pobre se sujetaba la barriga a dos manos de tanto reír. Luego, comencé a contarle historias de la escuela; por supuesto y aunque falsas, en todas era el héroe.
Tras varios meses en la misma dinámica, Gepetto estaba a mi merced. Y me di cuenta de que esto se debía más a mi ingenio que a la candidez idiota de mi progenitor, que se volvió aun más sumiso y complaciente conmigo.
Así que empecé a probar suerte en la calle. Le contaba supuestas catástrofes a los transeúntes y aunque al inicio se horrorizaban ante la marioneta parlante, terminaban dándome generosas propinas. Fui aprendiendo que no necesitaba tener un corazón para entender la lógica de la culpa, el falso altruismo y las ganas de sobresalir.
Mi padre empezó a sospechar cuando me vio manejar dinero. Sin embargo, fue incapaz de ponerme coto, temeroso de que me marchara por estar resentido con él. Todos sus intentos por hacerme humano fallaron uno tras otro y se imaginaba que yo le guardaba rencor por ello. La verdad es que nunca me preocupó mucho el tema, aunque cuidé que Gepetto no lo supiera, porque su culpa me era funcional.
A pesar de los presagios sombríos de papá, pude labrarme un futuro esplendor. Al principio -debo reconocerlo- cometí estafas, mendigué aprovechándome de la candidez de la gente y ejecuté algunos desfalcos de poca monta en mis primeros empleos. Pero pese a que carecía de cerebro, siempre fui bueno con los números. Además, al no tener sangre ni venas, supe desde pequeño a controlar mis instintos y a tragarme las humillaciones. Calculador como siempre he sido, trabajé muy duro y supe fingir las lealtades precisas, para ir ascendiendo en la vida. Así pude pasar de funcionario fiel, a supervisor eficiente y de jefe estricto a dueño de mi imperio privado.
Mientras a Gepetto lo veía cada vez menos. El viejo fue secándose, enredado en la obsesión de hacerme humano. Era evidente de que le dolía mi descariño, pero lo disimulaba muy bien con el orgullo de verme llegar lejos. Sin embargo, y pese a que en el fondo me daba lo mismo, nunca le faltó nada. Soy un hombre de negocios y sé que las cuentas claras, conservan la amistad y evitan los líos.
Anoche me llamaron del asilo, para avisarme que mi padre había muerto. Desperté a mis empleados y me hice traer hasta acá. Las enfermeras me permitieron vestir al cadáver del titiritero, agradecidas de los aportes mensuales de mis empresas a su establecimiento. Mientras lo peino, compruebo sin sorpresa que por más que busque en mi interior, no hay lágrimas para Geppetto. Sólo pienso que a pesar de que mi padre puso muchas expectativas en mí, siempre supo que, llegado el momento, no sabría responderle.sábado, 31 de octubre de 2009
Canita al aire
Anoche, después de mucho tiempo, estuvimos juntos.
Como antes, nos embriagó el vértigo y nos sentimos felices e inmortales en medio de tanta desnudez. Abrazados, lo recordamos todo: el día en que nos conocimos, los absurdos equívocos del inicio y por supuesto, el primer beso y lo que vino después. Nos reímos de los malos tiempos y calificamos de “estúpidas” las razones del quiebre. Luego, nos dormimos enredados en la ilusión de recomenzar y en promesas de amor eterno.
Hasta que desperté sobresaltada. No estabas tú y no habías dejado ningún rastro para localizarte otra vez. Y en el otro extremo de la cama, había otro hombre. Uno desconocido, que roncaba a pierna suelta. El mismo que hace años vive y duerme conmigo y que jura de guata que ya no me ronda tu fantasma. Ni siquiera en sueños.
Piel de culebra
Escribo desde el desasosiego. Y absolutamente desde mi ombligo, lo admito. Hace rato que soy una culebra que cambia su cuero, que no termina el proceso y que no sabe cómo llevarse con la piel nueva que está apareciendo. Que no se siente cómoda porque la epidermis aún está en proceso de renovación y todavía no se sabe qué resultara.
De alguna forma, estoy en esto desde hace ratos. Por momentos, me hago la loca, otras me olvido. En otras, tomo conciencia y no sé muy bien qué hacer, salvo buscar un camino. Tener claridad. Mirar el vaso medio lleno. Reinventarme, aunque suene pretencioso. En otras ocasiones, he cometido errores no forzados, errores de procedimientos y errores infantiles (aún no me alcanza para los horrores). Todo un surtido de metidas de pata. También ha habido algunos aciertos, no crea que no.
Todo esto me provoca desconcierto. El desasosiego que mencionaba hace un rato. Aunque tenga algunas importantes claridades, estoy algo empantanada, a ratos me desoriento; no sé donde queda el mar ni donde la cordillera. Y como busco una vía, se me hace evidente mi intolerancia a la incertidumbre. Quizás debí jugar más con los dados y el azar.
A veces creo que puedo estar mal enfocada. O que dramatizo un poco, especialmente en período de SPM (¿Dónde estás, Predual?). otras, recuerdo una fantasía recurrente en mi adolescencia: Cerrar los ojos y cuando los abres, despiertas en otra vida. No sé, onda Loli azafata; Loli trapecista; Loli empleada fiscal; Loli física nuclear; Loli machi. Loli Alina Reyes.
La idea no es huir del cambio de piel; la idea es que sea ya. No sé si me explico. Al menos, mi corazón late. Con rabia. Con fuerza. Con emoción. No soy el congelador que temía ser hace algunos años; por mis venas corre sangre y no líquido refrigerante. Cosa que aunque implica sus riesgos, me alivia.
domingo, 25 de octubre de 2009
Statuo Quo
Es bonito mirar como el agua inunda mi vestido. Como el rosa pálido va ganando en tonalidad, como muta de descolorido a intenso, como se va transformando en rosado a secas, en fucsia, en casi rojo. Bonito como miras el cambio de color, abstraído, imperturbable, ajeno. Bonito.
Es bonito mirar esto. Mi piel pálida, como transparentándose. “Tu piel pálida, amor”. Bonito escuchar como lo dices, como fascinado de tanta blancura. De tan acuosa blancura. Bonito, repites. Mi cabello suelto, a merced del agua y del frío.
Bonito, como todo entre los dos.
Bonitos mis ojos, sus pestañas largas, más largas por el peso de la modorra. “Bonita, ¿no quieres despertar?”. Bonito como lo dices. Muy bonito.
Bonito. Bonitos mis senos, creciendo, haciéndose evidentes bajo el agua. Bonito como el vestido –que ya no es rosa pálido, sino que fucsia, casi rojo- quiere liberarse de este cuerpo, pesado, que busca algo en el fondo. El fondo de algo. Toco fondo, bonito.
Un rictus en mis labios. Amargos, mis labios. Bonitos, pese al mal sabor.
“Tus labios, tan delgados, amor”.
Bonita tu boca contraída. Bonito, una mueca indescifrable sin querer es tu último beso. “Adiós, amor”, murmuras. Bonito como lo dices.
Bonito. Bonito. Muy bonito, repito. Bonito, como siempre. Como todo entre los dos.
*Esto es muy, muy viejo, de febrero de 2006.
lunes, 24 de noviembre de 2008
Déja vu

martes, 28 de octubre de 2008
Sangrar por la herida
