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miércoles, 4 de junio de 2014

Lluvia

Caen las primeras gotas. Un ejército de paraguas abandona las oficinas del centro, ante las burlas de las huestes del sur, que aseguran que en sus tierras, esto no daría ni para rocío. Yo miro de lejos la guerra pluvial entre capitalinos y sureños. Me alejo cantando de la batalla, esquivando a saltos los charcos. Vuelvo a ser una niña del norte que regresa a casa bajo la llovizna.

domingo, 12 de agosto de 2012

El tamaño de los peces


Norman Vargas apenas se ubicaba en Santiago. Solo había ido un par de veces antes. La primera, para acompañar doña Elba, su mamita, a hacerse unos exámenes en el J.J. Aguirre, donde le confirmaron el fulminante cáncer que la mató hace unos años. La segunda, para traer a su hija, la Laurita, cuando se le metió en la cabeza la idea de comprar ropa y venderla en el pueblo. Prendas que no tuvieron buena acogida y que terminaron en el clóset de la regalona y sus hermanas.

Pero ésta era la primera ocasión que venía por él a la capital. A jugársela por algo grande, en la junta del partido. “Es importante que te vean, hombre”. Así le dijo expresamente el diputado Marín, a quien consideraba un hombre bueno y un verdadero amigo, aun cuando no faltaran las malas lenguas que lo acusaban de borracho, vividor, mujeriego y ladrón.

A Norman Vargas -Varguitas para los amigos- no lo inquietaban esos rumores. El diputado Marín era de los que no sólo se aparecían en campaña, sino de los que estaban siempre con la gente de la población. Qué importaban su permanente hálito alcohólico, que le pusiera los cuernos a su esposa con la señorita Berta, la secretaria que siempre lo acompañaba en las salidas a terreno. Tampoco hacía caso a los rumores que lo acusaban de arreglarse los bigotes con un par de alcaldes de la zona. 

“Qué importa que robe, si igual hace cosas por nosotros. Aparte que no se le ha comprobado nada”, argumentaba Varguitas cuando le tocaba defenderlo.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Caso omiso



Margarita se apoya en la puerta y se afana con el espejito en la mano, pintándose los labios y devolviéndome una sonrisa triste en tonos burdeos. Mientras, le sostengo el ramo de claveles que insistió en comprar y la escucho decir que mejore la cara, que está la mamá y que no sacamos nada con amargarle más la jornada.

Me toma la mano y me arrastra con sigilo, pero pese a su discreción, nuestro ingreso se hace evidente. Vestidas de negro, las señoras –las tías, insiste Margarita- se acercan y nos abrazan, nos encuentran más grandes y bonitas, comparándonos con las otras chiquillas que vinieron hoy a rendir honores.

Como nota mi amurramiento, Margarita se disculpa con la parentela y dice que de seguro no estoy acostumbrada al olor de las flores y que también las emociones del día influyen en que esté mareada y con mal semblante.

Mi hermana sigue oficiándolas de relacionadora pública del velorio y yo opto por soltarme de su mano. Dejarla sola. Corro hacia donde está mi madre, recibiendo las condolencias, sentada cerca del féretro donde yace Marco García, quien en vida alguna vez fue mi padre. Aunque yo no lo recuerde y aunque ésta sea la única ocasión en que lo haya visto en casa.

Pero mamá no me puede abrazar. Está ocupada hablando con los García, quienes tratan reconstruir la vida, pasión y muerte de su oveja descarriada. O al menos, la que llevó con ella, antes de que se desentendiera por completo de nosotras.

Pero no resulta mucho. O tienen problemas de concentración o esta gente finge olvidar que él nos abandonó un par de años después que yo naciera. Hace unos catorce. Estoy aburrido de la rutina, no puedo hacer lo que realmente quiero, dicen que argumentó antes de irse, despidiéndose con un portazo.

Sus deudos cuentan que tenía algo de talento y que ganó unos concursos de poesía en provincia, pero yo creo que muy original no era. De hecho, a su velorio han llegado un par de hermanas que se llaman igual que nosotras: Margarita García, la mayor, y Antonia García, la menor. Y su madre es flaca, morena y miope, como la mía, la viuda oficial y la que se hace cargo del entierro.

Por eso es que desde ayer esta casa está tomada. Desde que me sorprendí al ver llegar a mi mamá temprano de la pega, pálida y con la cabeza en cualquier parte. Con la Margarita nos asustamos y mientras mi hermana preparaba un té, yo apartaba los cuadernos que copaban la mesa.

“Siéntense”, nos dijo, escueta. Mi hermana le acercó la taza humeante y yo me quedé con mis cosas en la mano, en una silla frente a ella. “Su padre murió anoche y lo vamos a velar acá”, anunció de golpe, como si eso hubiese sido tan normal como la alergia de mi hermana a los gatos o mi miedo a los ratones o sus problemas a la vista.

“¿Qué papá?”, pregunté, pero ellas obviaron el sarcasmo. “Ese hombre no entra a esta casa”, insistí, pero sus miradas me hicieron entender que mi opinión valía bien poco y que Marco García, aunque muerto, volvería en gloria y majestad, luego de más de una década de “hacer abandono del hogar”, como sentencia la constancia que le dieron a su esposa días después del portazo.

Esa misma tarde, los García se instalaron acá. Llegaron examinándonos, tratando de buscar a Marco en nuestras caras, pero sin ponernos mucha atención tampoco. Más bien, un recurso distractivo para hacer menos densa la espera.

martes, 8 de noviembre de 2011

Juegos


Gabriela adora esa hora del día. La casa huele a pan tostado, huevos revueltos, a veces, a panqueques con manjar. Las tareas ya están hechas, la mamá mira las noticias, limándose las uñas y pensando en quien sabe qué. Paula, la tía, se levanta y sale a fumar al balcón.

Como casi todas las noches, Gabriela la sigue. Le gusta mirar la calle a esa hora, cuando los vecinos regresan a sus casas y los departamentos del frente empiezan a encender las luces, como si se tratara de un mosaico.

Ninguna de las tres habla mucho, son mujeres de pocas palabras. Calladas. Gabriela ama los silencios de su madre y de su tía, se siente cómoda con ellas, cree que no es preciso dar muchas explicaciones, inquirir en asuntos demasiado íntimos, romper el silencio. Hablar por hablar.

Y a esa hora, el mutismo de Paula es el mejor lugar donde estar. La niña se acerca despacio a su tía, hasta quedar a su lado. Se apoya en el balcón, y la mira fumar. Sigue el vaivén del humo, juega a buscarle formas. Paula lo sabe. Paula juega también con el humo, juega a darle formas para satisfacer a su sobrina.

jueves, 20 de octubre de 2011

Acto fallido


La mesera dice que esto es lo que hay. Que ha venido demasiada gente hoy y que se acabaron las cervezas frías. Que lo único que puede ofrecer por mientras es este líquido tibio y aguachento; que lo otro es esperar a que estén listas las botellas que puso a enfriar. O que opte por otras, artesanales y más caras, que ésas sí están heladas.

Desganada, acepto lo que me trajo. Bebo sorbos cortos, mientras siento como la falda se adhiere a mis muslos, por el contacto con el plástico de la silla; siento las axilas húmedas por el sudor, el pelo pegoteado y sucio. Me pica la cabeza y me rasco aprovechando los descuidos de Cristina; no quiero causarle una mala impresión.

Cristina no abre la boca. O bueno. Sólo habla para reclamar que el vaso tiene mal olor, que de seguro lo secaron con un trapo sucio. O quejarse por los restos de alcohol y los ceniceros sobre la mesa. O la actitud displicente de la garzona, mal peinada y que come chicle con la boca abierta. Quejarse es lo único que ha hecho desde que llegó.

Aunque trato de disimular, los nervios me descontrolan y bebo con ansias. “¿Vas a tomar otra más?” pregunta Cristina, cuando me ve llamar de nuevo a la mesera. “¿No será mucho?”, dice, apuntando a las dos botellas que ya he despachado. Mientras, ella se aferra a un vaso con bebida light.

“Es el calor”, respondo con pudor.

Yo no sé si Cristina se da cuenta de mi nerviosismo. En realidad, Cristina se ha pasado esta media hora mirando para fuera, escrutando con gestos duros la fuente de soda, fijándose en la grasa que hay en las paredes, los cucuruchos de servilletas de las mesas. El mal talante de los parroquianos y su ecléctico gusto a la hora de programar el wurlitzer.

“¿No podías elegir un lugar mejor, para conversar?”, planteó apenas nos encontramos. Con un poco de vergüenza y rabia, le expliqué que éste local no es tan malo, que queda cerca de las casas de ambas; que si teníamos que hablar, era perfectamente posible hacerlo aquí.

En todo este rato, Cristina ha estado como buscando pretextos para no mirarme, ha estado buscando cualquier puto punto que le permita desviarse de mis ojos, para no reconocerse en ellos.

viernes, 14 de octubre de 2011

Mi vida es un bolero

Antes jugábamos al cíclope. 

Podíamos pasarnos horas así: ojo contra ojo, nariz contra nariz, mentón contra mentón. Boca contra boca. En los tiempos cuando nos reíamos y organizábamos excursiones a callejones perdidos, buscando boliches añejos. 

Nos emocionaban las canciones de veteranos, especialmente si eran de Los Ángeles Negros. Dejábamos los vasos de lado y a duras penas apartábamos a los ebrios, a fin de que nos dejaran espacio para bailar en la pista. Y bajo las estrellas. Y bajo la lluvia. Y bajo la ducha.

Hoy juega al cíclope con otra. 


Parece que se pasan horas así. Ojo contra ojo, nariz contra nariz. Labios contra labios. Claro que ahora ya no le gustan los tugurios de mala muerte. Ahora lo suyo son los restoranes de moda, donde le toma la mano con recato y la escucha hablar de créditos hipotecarios, fondos mutuos y alarmas anti robos. 

Yo sigo en lo de siempre, aquí, en los bares. Con el corazón magullado, mucho alcohol en la cabeza y los pies inestables. A veces me caigo cuando bailo, por lo que ahora soy yo la que estorba a los enamorados nostálgicos, que se juran amor eterno mientras danzan canciones de viejos.

Horóscopo

Yo virgo, ella, géminis. Yo detallista, analitico y reservado. Ella, sociable, comunicativa y voluble. Aunque tratábamos de evitar discusiones amorosas, los astros no nos eran propicios.

Ella tenía un verdadero séquito de enamorados y pretendientes, pero nunca pudo decidirse por alguno. Yo no sabía qué hacer: Cuando estaba lejos, la extrañaba, pero cuando ella estaba cerca, me sentía agobiado. 

Y ni el horóscopo chino nos salvó: Ella buey, yo cabra. Ahora seguimos caminos separados. Ella es feliz con un Acuario –humanitario, emprendedor y con tendencia al fanatismo- y yo le hago empeño a una Cáncer (sensible, romántica pero rencorosa). 

A veces extraño a Géminis, pero sé que la olvidaré: Según el zodíaco, una pena de amor quedará atrás y nuevas relaciones vendrán. 

Salud mental, sin novedades.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Que nunca falten las peúcas


"Todo está en su cabeza, Virgo" - Horóscopo, 09.01.2001

Yo sé que no le gusta que me meta en sus cosas. Que le huela la ropa, que le revise los bolsillos, que ordene el maletín. Que llame a la pega a preguntar si le falta mucho y que en cuanto más está por aquí. Le desagrada que si va a salir, lo obligue a detallarme los nombres de los amigos y más aún, si va alguna de las fulanas de la oficina.


A él eso no le gusta nada. Reclama que tiene derecho a su intimidad, que no quiere a un sargento que lo fiscalice todo el día. Aunque sea rica, como afirma que le comentan sus  amigos. “Claro, rica, pero loca e insufrible”, dice que les replica, cuando quiere desviar la atención, acusándome de celos injustificados, persecución y paranoia.

A mí no me importan ni sus pesadeces ni sus reclamos. Yo lo escucho atenta, no más. No le digo nada. No quiero que se me pasen los detalles: si mira para abajo cuando se explica, si se tapa la boca al mencionar algo, si empieza a contradecirse.

Estoy segura que, tarde o temprano, en algo lo voy a pillar.

Y no es que Gastón sea un mal hombre. O por lo menos, hasta ahora, se había  ido salvando. Pero yo sé que no se puede confiar en nadie. Por más que me prometa amor eterno, por más que me abrace por las noches. Por más que me  jure y re jure que soy la única cuando tiramos.

Ni cuando hacemos el amor bajo la guardia: me quedo atenta por si hay algún cambio de costumbre, alguna innovación extraña, si dubita al decir mi nombre.

Gastón no se percata, pero yo ya estoy mal. Muy mal. No se da cuenta que ya no basta con su palabra ni con mi férrea cautela. Temo descuidarme, darle espacios para que me engañe. Estoy extenuada, fatigada, puse todas mis energías en una batalla que no voy a ganar. Que ya tengo perdida.

Por eso lloro, lloro mucho. Lloro intensamente, a diario.

jueves, 22 de septiembre de 2011

Soñar contigo

La primera noche que soñé contigo entendí lo mucho que estabas pesando en mi conciencia. Soñé contigo cuando menos lo esperaba, cuando ya no pensaba en ti obsesivamente y a cada rato.
Soñé contigo cuando de hecho, ya no me quedaban recuerdos; cuando ya estaban desgastados, borrosos, como una foto polaroid, desdibujada por la exposición al aire, al sol y al tiempo.
Esa noche, hace pocas noches, desperté llorando.
Asustada por tu cara, la inmensidad de tus ojos fijos en los míos. Tu voz rotunda y serena, retumbando en mis oídos, indagando si todavía soñaba contigo. Eso me preguntaste, de hecho. "¿Aún sueñas conmigo, Estela?". Sin darme tiempo para reaccionar, agregaste: "¿cómo puedes con tu conciencia". Y tu dedo trató de atravesar mi pecho.
Entonces, desperté. Luego, me quedé muda, ovillada al costado de mi cama, por más que Pablo intentó sondear, precisar cuál era el motivo de tanto terror.
Es inútil que te lo cuente ahora, lo sé, pero siempre pensé que te debía una explicación. Que debí contarte antes de irme. De huir. Antes de decidir borrarte, antes de extirparte de mi vida.
Pero no pude.
Había pasado tanto en tan poco tiempo y la relación ya estaba deteriorada. Tú sabes bien, ya no teníamos más que decirnos. Éramos un vacío sordo, hubiese sido inútil poner palabras para el fin. Tú ya no me oías y yo había perdido totalmente el deseo de hablarte.
Yo te quise, pero no es mi culpa ser rencorosa. Quizás hubiésemos merecido un mejor final, pero no estaba en condiciones de procurarlo.
Pasé mucho tiempo arreglando mis cosas. Metódica como soy, durante varios días clasifiqué lo que me llevaría, había comprado cajas para eso. Ése día pensé que llegarías tarde. Unas latas de cerveza me envalentonaron. Pese a que te lo había prometido, llamé a Pablo. Le pedí disculpas por los meses de alejamiento y le dije que me quería ir con él.
Quizás no te interese saber que él vaciló, pero que tanta fue mi insistencia, que terminó cediendo. Yo no lo amaba en ese momento. Ni siquiera me calentaba tanto. Tampoco querrás saber que no lo amo ahora. Que nunca lo amé.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Metro

Yo los miro en el reflejo de la ventana.

Se ven lindos los dos.

Él, clarito y vestido en tonos oscuro, sentado al frente mío en el metro. Ella a su lado, pálida, de pelo largo y una panza de embarazada. Él, la besa, le hace cariño en la guata. Ella se deja querer, pone el hombro a su disposición y él se reclina, siguiendo un olor en su cuello.

A ratos, despego los ojos del vidrio y los miro de frente. Pero me siento entrometiéndome, espiando. Me siento tan ajena a ellos, que es como si yo fuera un ave de rapiña. Como si fuera a aprovechar cualquier descuido para arrebatarles un poquito de amor.

Por eso, el pudor es más fuerte y me devuelvo a la imagen que me ofrece la ventana. Me conformo con mirarlos como si fueran personajes en la tele y no pasajeros al frente mío en el metro.

Él me descubre mirándolos. Yo bajo la mirada avergonzada.

Ahora es él el que me mira. Me mira fijamente. Me escruta.

Pone sus ojos en mi pelo negro y motudo, en mi piel morena, en mi cuerpo escuálido y sin panza.

Él me tasa y me compara con la mujer que va a su lado.

Me refugio en el libro que llevo. Pero no consigo leer. No logro concentrarme.

Me siento pillada en falta. Sus ojos pardos siguen pegados en mi reflejo.

Levanto la cabeza, para mirarlos.

Ella tiene la mirada fija en el horizonte. Con una mano en la panza y la otra, sobre la de él. No sabe que viajo al frente de ella, no sabe que la espío, no sabe que ya no tiene toda la atención de su acompañante.

Y él sigue absorto en el reflejo. En mi reflejo.

Aunque ahora la bese.

Aunque ahora le acaricie la panza.

Aunque ahora vuelva a reclinar su cabeza en el cuello.

Opto por mirar hacia afuera. Sólo mirar afuera, la oscuridad al otro lado del andén. Mirarlos de reojo, sólo por segundos. Sólo para comprobar que el crío sigue absorto en mí. Sólo para comprobar que frente a los ojos de su madre, Edipo aprende a traicionar.

lunes, 2 de mayo de 2011

Intrusa

La despertó el contacto de su mejilla fría sobre su rostro. Jugando, le apretó la nariz para avisarle que había surgido una urgencia en el trabajo, que debía partir ahora mismo, pero que lo esperara porque estaría de vuelta para almorzar juntos. Le mordió un poquito en el hombro y se despidió con un beso rápido. Luego, un portazo.

Somnolienta, miró el reloj. Las ocho. Lamentó que la hubiera despertado a esa hora; era un sábado gris y frío y contaba con dormir, al menos, un par de horas más. Hace tiempo que la rutina le jugaba malas pasadas y la tenía despierta desde las 7, fuera día hábil o festivo.


Intentó seguir durmiendo. Se acurrucó, tapándose la cabeza y cerró los ojos. Pero sus esfuerzos fueron inútiles. A las 9, se dio por vencida y decidió desayunar. Pensó en esperarlo viendo alguna película o leyendo el diario, que seguramente, traía suplementos. No sabía qué tan larga sería la espera. De modo que pescó la sábana y se cubrió, como si alguien pudiera verla, para buscar el pijama, que estaría en algún lugar de la pieza, quizás bajo la cama.


Una vez vestida, fue a la cocina y se preparó un café con leche y tostadas. Llevaban unos cuántos meses saliendo y ya en algunas ocasiones le había tocado quedarse sola en su casa. Sin embargo, ésta era la primera vez que la embargó una sensación de intimidad que no había sentido antes. Pensó que era curioso sentir eso, sentir la complicidad, la cercanía, justo cuando él había tenido que partir de urgencia y la dejaba sola allí.


Pero la placidez duró poco. De repente, cayó en la cuenta que su conocimiento sobre la casa era precario. Básicamente se reducía al living, el dormitorio y su baño en suite, la cocina y el baño. Sin embargo, casi no había estado en la pieza del fondo, ni en el baño contiguo. Se dio cuenta de que en realidad, no sabía tampoco qué había en los armarios, en la despensa, que tenía una llave en la puerta.


Pensó que lo mismo pasaba con él. Que si bien conocía su desnudez, un par de gestos tiernos y unas cuantas mañas, no tenía muchas más certezas. ¿Qué sabía de él? Mentalmente, repasó los datos que manejaba: era el encargado de informática de una oficina; prefería el vodka a la piscola, le cargaba hablar de política y podía pasar muchas horas jugando a la pelota.


De la ex no hablaba mucho, ni bien ni mal. A veces, la mencionaba a la pasada, por cosas irrelevantes.


Miró la hora. las 9.30. Pensó que no estaría mal saber más de él y estar sola en la casa era una buena ocasión para indagar. Revisó cajones. No encontró nada de interés, ni mucho menos, revelador. Nada, aparte de cuentas antiguas, boletas de casas comerciales ya pagadas, citaciones de la junta de vecinos, revistas, algunos artículos de diario. En la despensa, lo común: fideos, arroz, latas de atún y cajas de té y avena.


Luego, pasó al baño del pasillo. Era un espacio pequeño, que olía a limpiador y cloro. Revisó el estante y vio envases con cremas, exfoliantes, shampoo y bálsamo fortificante, y un par de elásticos para el pelo. Percibió un olor cítrico llenaba el ambiente y descubrió que había abierto un frasco gel de ducha de limón, al borde de la tina. Ajustó la tapa, lo puso en su lugar y se percató que había una gotera.



Salió al pasillo y se metió a la última pieza. Alguna vez, él comentó aque su ex ocupaba el espacio contiguo de escritorio, que ahí pasaba las horas muertas del fin de semana y muchas noches en la semana, donde avanzaba los test e informes que realizaba como profesora de enseñanza media.


La habitación estaba llena de libros: poesía, novelas, diccionarios, ensayos. Había un sobria fotografía de una abuela en blanco y negro, enmarcada en las paredes, afiches de películas y un par de cajitas de música.


Se acercó al escritorio. Había una foto de cuando estaban juntos. Sonreían, abrazados y felices.



Entonces se percató que el computador estaba encendido. Prendió la pantalla y se encontró con un texto en redacción. "Control escrito, Cien años de Soledad, 4º medio A", rezaba el encabezado. Luego, seguía un listado de Verdadero y Falso, el árbol genealógico de los Buendía por completar y un cuestionario de preguntas de desarrollo aún no cerrado.


Terminó de leer el texto y, por costumbre, cambió el espaciado de los párrafos y aplicó Ctrl + G, guardando las modificaciones.



Luego, revisó los cajones. Encontró pruebas corregidas, guías y otras evaluaciones, además de algunos catálogos de grandes tiendas. Un par de analgésicos, unas sombras para los ojos y dos envases con restos de labial, en tonos rosa y malva.


Miró la hora, eran casi las once. Decidió volver a la cama. Salió al jardín a recoger el diario y volvió a la pieza.


Ahí fue cuando la vio. Se veía menuda y frágil, acurrucada bajo las sábanas. El pelo, castaño y liso, le caía sobre la cara.


Se quedó inmóvil en el marco de la pieza. No entendía en qué momento había entrado a la casa, por qué dormía plácidamente y menos aún, cómo era posible que hubiese entrado sin que haberla oído.


Antes de que pudiera salir del estupor, la puerta del baño se abrió. Recién duchado, él se acercó a la cama. Con el pelo todavía goteando, se inclinó sobre ella, despertándola, a causa del contacto del agua y la mejilla fría sobre su rostro.


Le apretó la nariz, para avisarle que había surgido una urgencia en el trabajo. Le dijo que debía partir ahora mismo, pero que lo esperara porque estaría de vuelta para almorzar juntos.


A modo de despedida, él abrazó a la somnolienta, le mordió brevemente el hombro y le dio un beso rápido. Luego, y pese a que pasó por su lado, junto a la puerta, salió sin verla, como siempre. Después, un portazo y la casa quedó en calma.


Estuvo un rato así, sentada en el suelo, abrazada a sus rodillas flectadas. Decidió sacar su ropa de la pieza y tratar de salir lo más silenciosamente. Al pasar cerca de la cama, la mujer seguía durmiendo plácidamente.


Se metió al baño del fondo, se duchó con premura. Ni siquiera alcanzó a tapar el jabón líquido y dejó mal cerrada la llave. Se vistió, tomó sus cosas y salió. Debía estar fuera cuando la otra despertara y empezara a hurgar las piezas, buscando sus huellas en la que hace algún tiempo fue su casa.

martes, 12 de abril de 2011

Electra en reversa

El conchesumadre se fue en su ley. En silencio y desentendiéndose de los problemas. Porque Roberto nos podrá haber traicionado toda la vida, pero siempre fue fiel a su estilo: una decepción tras otra.

Supieras todas las veces que tuvimos que dar la cara por él ante la familia y los amigos; las veces que tuvimos que negociar con sus acreedores; las veces que tuvimos que saldar sus cuentas.

Él, como si nada. Escondiéndose detrás de su rostro pálido y ojeroso; su aspecto de gato mojado; su cuerpo encorvado y flacuchento.


Y es que en su aparente fragilidad residía su encanto. Así cayó mi mamá, que siempre se las perdonó todas. Igual que yo, que salí parecida a ella.

Mis hermanos, no. Apenas tuvieron uso de razón, se dieron cuenta de sus estrategias. De sus historias de penurias con tufo a dèjá vu. De su permanente y sospechosa mala suerte. De sus constantes dolencias, de su falta de carácter. De sus negligencias, sus torpezas y su falta de tino. También se dieron cuenta rápido de que mi mamá no necesitaba más hijos que su marido, que ellos eran niños ajenos disputándole a Roberto su madre.

Mi caso no fue distinto, sólo que yo acepté las reglas del juego. Para que ella estuviera feliz conmigo y me dejara estar cerca de Roberto.

Yo siempre fantasee con reemplazarla, con hacerme cargo de mi padre. Mi pobre y débil papá. No me mires así, estamos hablando en confianza. Claro que me dolió cuando ella se enfermó, pero ya que estamos siendo honestos, te digo que secretamente, su enfermedad me alegró. Con su salud debilitada, ella dejó de estar por completo para él. Y ahí entré yo. Con eficiencia de hormiga, y mientras mi madre se debilitaba día a día, empecé a lograr mi objetivo: hacerme imprescidible para él.

Roberto empezó a acudir con cada vez más frecuencia a mí para que aliviara sus dolencias. Para que le explicara a sus amigos o mis hermanos sus extrañas desapariciones; comencé a hacerme cargo de pagar sus deudas; de confortar a mi madre, que resentía la abulia de mi padre ante su enfermedad.

Cuando ella murió, yo quedé a cargo de todo. No me importó que mis hermanos se fueran y me dejaran sola.

Era lo que quería.

Con mi papá me bastaba.

Sinceramente, me dio lo mismo cuando mis amigos expresaban su inquietud por el rumbo que tomaba mi vida, porque mi existencia se iba centrando exclusivamente en mi padre. Tampoco me importó las habladurías de las vecinas; ni tampoco cuando los demás, incluso tú, se fueron alejando porque me volví huraña y apática. Pensaron que me convertía en una extraña cuando, en verdad, recién me mostraba cómo era con todos, excepto con él.


De a poco construí una rutina. Levantarse a las seis, hacer el aseo, cocinar sin aliños. Partir al trabajo, hablar lo mínimo, regresar rápido. Si él estaba en la casa, servirle la comida, arroparlo, ordenar su ropa. Si no estaba -como ocurría la mayoría de las veces-, esperarlo para aliviar su borrachera. O si no, salir a buscarlo a los bares, pagar su consumo, dejar la propina y traerlo de vuelta.

No te podría decir cuándo empecé a darme cuenta de que Roberto no me quería. Que tampoco quiso a mi madre. Y aunque seguí viviendo en torno de él, fui acumulando un rencor sordo, que supe ocultar bien en atenciones y una devoción a prueba de balas. Secretamente, empecé a odiar su sonrisa débil, sus borracheras, los achaques y que siempre se metiera en problemas.

Junto con eso, comencé a sacar cuentas. Me percaté de que su deuda conmigo era inmensa y que, al contrario del resto de sus acreedores, me iba a preocupar porque pagara en persona y totalmente.

Reconozco que debí ser más original, pero créeme que no se me ocurrió de otra forma.

Con los ojos bien abiertos, vigilé que se tomara toda la sopa e inventé algo convincente para explicar el sabor distinto que dijo percibir en el caldo. Nadie de la familia sospechó de mí cuando les avisé de su repentina muerte. Es más, mis hermanos supusieron que optó por un suicidio para escabullirse una vez más de sus responsabilidades.


Y pese a que me consolaron al verme deshecha, todos se aliviaron con su fallecimiento. Por fin la vida me liberaba de una pesada carga.

Ahora tú me ves así, entera y digna. Pese a la pérdida, mi precaria situación económica, los compromisos impagos y los problemas heredados por resolver. Vine a las exequias con mi mejor vestido y me compré unos zapatos especialmente para la ocasión. Sabes que soy la única de la familia disponible para decir algunas palabras en memoria de Roberto. Resaltaré lo mucho que lo quise y lo feliz que fui con él.

Tú bien sabes que no hay muerto malo.

lunes, 24 de enero de 2011

Mejor no venir

En la plaza hay pura gente que espera. Un par de adolescentes en plan de cita, una señora llena de bolsas, un viejo desganado. Todos esperan a alguien. También la Amanda. Ella es hija de mi padre. Yo no la conozco, nunca nos hemos visto. Mi papá nunca nos hablo de ella, tampoco. Decía que había cosas de su pasado que quería olvidar. Que la gente tiene derecho a su privacidad. Y no había forma de sacarlo de allí.

Mi mamá reforzaba su silencio, me pedía que no fuera impertinente. Hoy, no sé si eso significaba que ella sabía de la Amanda y su madre, o quizás, que admitió que para estar con él, tenía que hacer la vista gorda y aceptar que era un hombre con secretos o, al menos, que era uno al que le gustaba hacerse el interesante.

El viejo, además de parco y distante, era obstinado. Era difícil que no concretara las ideas que se le metían ente ceja y ceja. Y esta vez, casi lo logró, como siempre. Recién años después de muerto, hace unas semanas, el pasado se le salió de las manos. Eso sucedió cuando recibí una llamada de ella. No sé cómo se consiguió mi número, pero ahí estaba, nerviosa y acelerada al teléfono.

Me contó quien era y no sé por qué no me sorprendió. Tantos años especulando sobre lo que ocultaba mi padre, que una segunda familia era la opción más predecible. Tanta grandilocuencia para esconder una corriente historia de abandono.

Amanda dijo que necesitaba hablar conmigo. Que sabía que él estaba muerto, pero que necesitaba que le contestaran algunas preguntas. Que la única que podía hacerlo era yo, ya que mi mamá y la suya también habían fallecido. Y aunque le expliqué que no me correspondía despejar sus dudas y que, además, seguramente no tenía respuestas, insistió en que nos juntáramos. Propuso un lugar neutral y yo pensé en esta plaza.

Ella cree que vengo atrasada. No sabe que la espío de lejos. Escondida, porque no quiero que me vea. Compruebo que tiene el pelo lacio y castaño, como el mío. Y que es maciza, como mi papá y como yo. Vino vestida con una polera roja, sin mangas y una falda negra, tal y como anunció previamente. Mira su reloj y parece que duda si llamarme o no, para confirmar si estoy en camino.

Sin embargo, yo tengo más que claro que ya sé lo suficiente sobre ella. No quiero que me pregunte nada. Sé tan poco sobre su padre. Yo sólo sé que era misterioso y parco, nada más. Pienso que es mera casualidad que nos haya engendrado el mismo hombre. Que eso no nos hace hermanas

Creo que es una mala idea haber venido y con sumo cuidado, regreso por donde llegué.

Apenas me subo a la micro, suena mi celular. Es ella. Insiste una, dos, tres veces. Como conozco esa terquedad, lo apago. Antes de bajarme, abandono con disimulo el aparato. Mi papá decía que todo el mundo tiene derecho a privacidad y a desentenderse del pasado. Más aún si es ajeno.

sábado, 16 de octubre de 2010

Calladito, mejor

Sentenciaste que era la más linda de la noche y rodeaste mi cintura.
Argumentaste que mis ojos te embrujaban y atacaste mi boca.
Cuando tomaste mi mano para sacarme del bar, agregaste que la conexión entre ambos era evidente.
Camino al motel, aseguraste que te estabas enamorando.
Cuando me abalancé sobre ti, susurraste en mi oído que te enloquecía tanta pasión.
Ahogaste un grito cuando te enterré el cuchillo.
“Hija de puta”, exclamaste apenas, cuando me viste vaciándote los bolsillos.
Después de limpiar mis huellas, me acerqué a tus labios. Estaban descoloridos y mudos.
Por fin habías dejado de engrupir.

jueves, 6 de mayo de 2010

Astilla torcida

El viejo puso demasiadas expectativas en mí, pese a que siempre intuyó que no sería capaz de responderle. Es cierto que soy una marioneta, pero desde los inicios supe que había que sacrificarse para ser algo más que esto, así que apreté los dientes y le eché para adelante. Sabía que era distinto al resto; mis extremidades eran tiesas y si alguien osaba a acariciarme, corría el riesgo de astillarse las manos. Nunca pude moverme con la prestancia de los otros niños y la ausencia de un latido en mi pecho era la diferencia que –en algún momento- más me perturbaba.

No tener corazón, de todas formas, podía ser una ventaja. Me endurecí e hice caso omiso a las burlas, a las expresiones de curiosidad extrema y a las miradas de lástima o desconfianza. Pero a Gepetto, mi padre, todo eso le dolía y le recordaba su incapacidad para darle continuidad a su linaje y oficio. Se quedaba despierto hasta altas horas de la noche, pensando cómo darme órganos y sentimientos, cómo convertir ese montón de madera pintada en un niño, un hijo de su sangre. Mientras, yo lo acompañaba en sus desvelos, más curioso que conmovido.

De tanto verlo afanarse en la búsqueda de soluciones, fui inventando las mías. Empecé a distraer al viejo con cuentos que jamás había oído; el pobre se sujetaba la barriga a dos manos de tanto reír. Luego, comencé a contarle historias de la escuela; por supuesto y aunque falsas, en todas era el héroe.

Tras varios meses en la misma dinámica, Gepetto estaba a mi merced. Y me di cuenta de que esto se debía más a mi ingenio que a la candidez idiota de mi progenitor, que se volvió aun más sumiso y complaciente conmigo.

Así que empecé a probar suerte en la calle. Le contaba supuestas catástrofes a los transeúntes y aunque al inicio se horrorizaban ante la marioneta parlante, terminaban dándome generosas propinas. Fui aprendiendo que no necesitaba tener un corazón para entender la lógica de la culpa, el falso altruismo y las ganas de sobresalir.

Mi padre empezó a sospechar cuando me vio manejar dinero. Sin embargo, fue incapaz de ponerme coto, temeroso de que me marchara por estar resentido con él. Todos sus intentos por hacerme humano fallaron uno tras otro y se imaginaba que yo le guardaba rencor por ello. La verdad es que nunca me preocupó mucho el tema, aunque cuidé que Gepetto no lo supiera, porque su culpa me era funcional.

A pesar de los presagios sombríos de papá, pude labrarme un futuro esplendor. Al principio -debo reconocerlo- cometí estafas, mendigué aprovechándome de la candidez de la gente y ejecuté algunos desfalcos de poca monta en mis primeros empleos. Pero pese a que carecía de cerebro, siempre fui bueno con los números. Además, al no tener sangre ni venas, supe desde pequeño a controlar mis instintos y a tragarme las humillaciones. Calculador como siempre he sido, trabajé muy duro y supe fingir las lealtades precisas, para ir ascendiendo en la vida. Así pude pasar de funcionario fiel, a supervisor eficiente y de jefe estricto a dueño de mi imperio privado.

Mientras a Gepetto lo veía cada vez menos. El viejo fue secándose, enredado en la obsesión de hacerme humano. Era evidente de que le dolía mi descariño, pero lo disimulaba muy bien con el orgullo de verme llegar lejos. Sin embargo, y pese a que en el fondo me daba lo mismo, nunca le faltó nada. Soy un hombre de negocios y sé que las cuentas claras, conservan la amistad y evitan los líos.

Anoche me llamaron del asilo, para avisarme que mi padre había muerto. Desperté a mis empleados y me hice traer hasta acá. Las enfermeras me permitieron vestir al cadáver del titiritero, agradecidas de los aportes mensuales de mis empresas a su establecimiento. Mientras lo peino, compruebo sin sorpresa que por más que busque en mi interior, no hay lágrimas para Geppetto. Sólo pienso que a pesar de que mi padre puso muchas expectativas en mí, siempre supo que, llegado el momento, no sabría responderle.

sábado, 31 de octubre de 2009

Canita al aire

Anoche, después de mucho tiempo, estuvimos juntos.

Como antes, nos embriagó el vértigo y nos sentimos felices e inmortales en medio de tanta desnudez. Abrazados, lo recordamos todo: el día en que nos conocimos, los absurdos equívocos del inicio y por supuesto, el primer beso y lo que vino después. Nos reímos de los malos tiempos y calificamos de “estúpidas” las razones del quiebre. Luego, nos dormimos enredados en la ilusión de recomenzar y en promesas de amor eterno.

Hasta que desperté sobresaltada. No estabas tú y no habías dejado ningún rastro para localizarte otra vez. Y en el otro extremo de la cama, había otro hombre. Uno desconocido, que roncaba a pierna suelta. El mismo que hace años vive y duerme conmigo y que jura de guata que ya no me ronda tu fantasma. Ni siquiera en sueños.

Piel de culebra

Escribo desde el desasosiego. Y absolutamente desde mi ombligo, lo admito. Hace rato que soy una culebra que cambia su cuero, que no termina el proceso y que no sabe cómo llevarse con la piel nueva que está apareciendo. Que no se siente cómoda porque la epidermis aún está en proceso de renovación y todavía no se sabe qué resultara.

De alguna forma, estoy en esto desde hace ratos. Por momentos, me hago la loca, otras me olvido. En otras, tomo conciencia y no sé muy bien qué hacer, salvo buscar un camino. Tener claridad. Mirar el vaso medio lleno. Reinventarme, aunque suene pretencioso. En otras ocasiones, he cometido errores no forzados, errores de procedimientos y errores infantiles (aún no me alcanza para los horrores). Todo un surtido de metidas de pata. También ha habido algunos aciertos, no crea que no.

Todo esto me provoca desconcierto. El desasosiego que mencionaba hace un rato. Aunque tenga algunas importantes claridades, estoy algo empantanada, a ratos me desoriento; no sé donde queda el mar ni donde la cordillera. Y como busco una vía, se me hace evidente mi intolerancia a la incertidumbre. Quizás debí jugar más con los dados y el azar.

A veces creo que puedo estar mal enfocada. O que dramatizo un poco, especialmente en período de SPM (¿Dónde estás, Predual?). otras, recuerdo una fantasía recurrente en mi adolescencia: Cerrar los ojos y cuando los abres, despiertas en otra vida. No sé, onda Loli azafata; Loli trapecista; Loli empleada fiscal; Loli física nuclear; Loli machi. Loli Alina Reyes.

La idea no es huir del cambio de piel; la idea es que sea ya. No sé si me explico. Al menos, mi corazón late. Con rabia. Con fuerza. Con emoción. No soy el congelador que temía ser hace algunos años; por mis venas corre sangre y no líquido refrigerante. Cosa que aunque implica sus riesgos, me alivia.

domingo, 25 de octubre de 2009

Statuo Quo

Es bonito mirar como el agua inunda mi vestido. Como el rosa pálido va ganando en tonalidad, como muta de descolorido a intenso, como se va transformando en rosado a secas, en fucsia, en casi rojo. Bonito como miras el cambio de color, abstraído, imperturbable, ajeno. Bonito.

Es bonito mirar esto. Mi piel pálida, como transparentándose. “Tu piel pálida, amor”. Bonito escuchar como lo dices, como fascinado de tanta blancura. De tan acuosa blancura. Bonito, repites. Mi cabello suelto, a merced del agua y del frío.

Bonito, como todo entre los dos.

Bonitos mis ojos, sus pestañas largas, más largas por el peso de la modorra. “Bonita, ¿no quieres despertar?”. Bonito como lo dices. Muy bonito.

Bonito. Bonitos mis senos, creciendo, haciéndose evidentes bajo el agua. Bonito como el vestido –que ya no es rosa pálido, sino que fucsia, casi rojo- quiere liberarse de este cuerpo, pesado, que busca algo en el fondo. El fondo de algo. Toco fondo, bonito.

Un rictus en mis labios. Amargos, mis labios. Bonitos, pese al mal sabor.

“Tus labios, tan delgados, amor”.

Bonita tu boca contraída. Bonito, una mueca indescifrable sin querer es tu último beso. “Adiós, amor”, murmuras. Bonito como lo dices.

Bonito. Bonito. Muy bonito, repito. Bonito, como siempre. Como todo entre los dos.

*Esto es muy, muy viejo, de febrero de 2006.

lunes, 24 de noviembre de 2008

Déja vu


Te cuento que esto parte en un bar. Es verano y pedimos cerveza, barata y tibia. Nos miramos desganados, en el fondo sabemos que tú empiezas a olvidarme y que yo ya no te quiero. Pero el juego continúa y debemos llegar al final.

Tras un silencio incómodo, te pregunto que qué tal tu día. Respondes que te fue como siempre, que no hubo nada interesante, además de sacar un cacho de última hora. Que estás harta de tu trabajo de porquería.

Sin ni siquiera fingir que te interesa, me preguntas cómo me fue hoy. Si logré escribir algo. Hago caso omiso de tu indiferencia y digo que anoche soñé contigo. Mientras te afanas en tu cartera buscando un cigarrillo, te cuento que todo parte en un bar. Que es verano y pedimos cerveza, barata y tibia. Que nos miramos desganados, que en el fondo sabemos que tú empiezas a olvidarme y que yo ya no te quiero, aunque el juego continúa y debemos llegar al final.

Me interrumpes para preguntar si me quedan cigarros, porque dejaste los tuyos en la oficina. Te acerco mi cajetilla, sacas uno, lo enciendes y te lo llevas a la boca con placer. “¿En qué estábamos?”, dices, exhalando el humo con la cara torcida. “En que anoche soñé contigo”, respondo.











martes, 28 de octubre de 2008

Sangrar por la herida


Un niño confundido nos interrumpió para pedirle un autógrafo. “No soy famoso”, dijo, ahuyentándolo. “Rompiste su corazón”, advertí, riendo. Las carcajadas nos hacían ver tontos, enamorados. En el Jota Cruz capitalino sonaban canciones viejas y él pedía disculpas por tarararearlas. Mientras, yo juraba que podíamos amarnos. Luego nos fuimos, Rancagua abajo. En Plaza Baquedano quedó claro que nuestro pecado era la cobardía. Hoy, él cría al hijo que no tuvo conmigo; y yo ruego para que tirite de pena y arrepentimiento cada vez que transita frente al Teatro de la Chile, justo donde faltó valor para desentendernos de todo y besarnos.