Mostrando entradas con la etiqueta Gatos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Gatos. Mostrar todas las entradas

martes, 22 de junio de 2010

Un gato en un piso vacío

Éste es un poema de Wislawa Szymborska, poeta polaca y Premio Nobel 1996. Lo subo porque es una de los textos más lindos que he leído en el último tiempo.



Morir, eso no se le hace a un gato.

Porque ¿qué hace un gato en un piso vacío?

Subirse por las paredes.

restregarse entre los muebles.

Nada aquí ha cambiado.

Pero nada es como antes.

Nada ha cambiado de sitio,

pero nada está en su sitio.

Y la luz sigue apagada al anochecer.

Se oyen pasos en la escalera,

pero no los esperados.

Una mano deja pescado en el plato,

y no es tampoco la de antes.

Algo no empieza

a la hora de siempre.

Algo no sucede

según lo establecido.

Alguien estaba aquí, estaba siempre,

y de repente desapareció,

y se empeña en no estar.

Se ha buscado ya en los armarios,

se han recorrido los estantes.

Se ha comprobado bajo la alfombra.

Incluso se ha roto la veda

de esparcir papeles.

¿Qué más se puede hacer?

Dormir y esperar.

¡Ay, cuando él regrese,

¡Ay cuando aparezca!

Se enterará que estas no son maneras

de tratar a un gato.

Iré hacia él,

como si no quisiera,

despacito, con las patas

muy ofendidas.

Y nada de saltos y maullidos.

viernes, 6 de junio de 2008

Ajustes al cierre

Como nos cambia el tiempo, pienso apenas te veo. Sientes frío. Te despiertas con fastidio. Optas por levantarte y dejar la siesta. Te estiras. Luego me clavas los ojos y vienes hacia mí, junto a la estufa. Al calor.

Caminas lento y torpe. No eres ni la sombra de lo que eras hasta hace algunos años, pienso con un desgano mayor al tuyo. Gordo, viejo y vulnerable. Ahora te frotas entre mis piernas, meloso. Incluso diría que titubeas antes de saltar a mis piernas. Te das una vuelta y con tu cara hacia la mía te acurrucas. Me cuesta decidirme a pasar la mano por tu lomo. Y para mi sorpresa retribuyes el gesto, ronroneando pesadamente. Sonrío y compruebo que los años te transformaron en el gato dócil que jamás quisiste ser.

Tu pelaje se alborota con mi mano. Mi chaqueta –evidentemente delgada para la estación- se llena de pelos y yo pienso en cuántas vidas ya te gastaste. Sonrío al sentirte quieto, confiado. Manso. Quien lo diría. Pero el ronroneo acalla las sospechas.

Te miro y no entiendo qué haces acá, si tu lugar eran las piernas de mi padre. Siempre mirando con el mismo rigor, la misma parquedad, la misma frialdad. Asociados. Simbióticos. Inseparables. Casi una versión libre de un centauro.Nadie más que tú podía castigar al gato, so pena de una reprimenda de aquellas. Severas, gritadas, categóricas. Nadie más que tú podía alimentarlo. Nadie más que tú podía jugar con él.

Y el bicho te respondía con una incondicionalidad apabullante. A ninguna nos aceptaba una caricia, una travesura, un pellet. Porque nadie más que tú y él cabían en su lealtad perfecta. Un hombre aparte, con su gato.

Menospreciabas a tu mujer, pero dependías de ella como un niño malcriado. Tal vez por lo mismo nunca quisiste nada con tus hijas. Pese a habitar tu techo. Pese a hacerles la guerra. Pese a que tu sangre corría por sus venas. Sangre de tu sangre. Las distancias siempre fueron infranqueables. Los límites claros, la separación de afectos terminantes. Olga optó por la indiferencia y Marcela por la sumisión. Sólo yo sucumbí al desgarro, la rabia. Al odio parido, que alcanzó con desdén a tu mascota. El mismo gato que me ronronea ahora, acurrucado en mis piernas. Abrigándome a mi pesar.

Pienso que todo esto injusto. Que no merecía ser testigo presencial de tu agonía. Con mi madre muerta y mis hermanas lejos, soy tu único deudo. Junto con el gato, claro.

Dice el médico que esto no da para más. Que mejor rece. Sin decirlo, sugiere que no pierda el tiempo con las cuentas pendientes, que ya no hay tiempo y que, incluso si lo hubiera, no conseguiría nada, que ya perdiste la conciencia. Murmura algo sobre “descargos inútiles”, pero la verdad es que hace rato deje de prestarle atención, centrada en el ritmo de tu respiración entrecortada.

El gato sigue la escena de cerca. Con atención. Consciente de todo detalle. Una vez que se va el médico, se instala en tu cama, maullando por tu última caricia. Mientras, reviso tu ropa, en busca de la chaqueta, el pantalón y la camisa que te servirán de mortaja.Me detengo en la corbata y elijo una azul. Si no me equivoco, tu preferida.

Hasta el gato la reconoce y deja su lugar junto a ti. Me sigue, maullando y cruzándose en mi camino.

Aunque no lo creas, esta vez nos llevamos a la perfección. Me siento junto a ti y tomo al gato. Lo acaricio antes de enredar la corbata en torno a su cuello. No me importa que se llene de pelos. Maúlla contento en la medida que siente la tela rodeándolo. Cruzo los extremos. Cierro los ojos y tiro. Con fuerza. No sé si llora o ronronea. No sé cuántas vidas se ha gastado hasta ahora.Al cabo de un rato ya no siento nada agitándose en mi falda.

Dejo el gato en tu cama. Me seco las lágrimas y escojo un cojín. Uno azul. Lo pongo sobre tu cara y apoyo mis manos con fuerza, reteniéndolo. No te imaginas lo injusto que es ser la única testigo de tu agonía.