martes, 20 de mayo de 2008

Oscar y la vieja intrusa

Hasta hace ocho años, yo no tenía muy claro qué era la muerte. O sea, en términos conceptuales, sabía que era, pero en la práctica no cachaba muy bien las consecuencias. Mi Tata se había muerto cuando tenía diez y aunque me dolió mucho su partida, nunca tomé conciencia plena de que había muerto.

Hasta que hace ocho años mis compañeros y yo nos encontramos de cara con la muerte. Que estaba bien lejos de ser la vieja calentona de la que habla Nicanor Parra en su poema. Es más bien una vieja impertinente y rotunda, una vieja llevada de sus ideas, ante la que no queda mucho más que agachar el moño.

La vieja se apareció hace ocho años. Para llevarse al Oscar, el “amable gordo de la sonrisa fácil”, como tan hermosamente lo definió hoy Claudio Mora en El Día. No estábamos en un carrete reventado, ni arriesgándonos con la ruleta rusa, ni nada por el estilo. No. Algunos estaban en las canchas de la Colina, en el Campus Andrés Bello de la ULS, y otros íbamos en camino.

La vieja intrusa decidió que el partido del Oscar llegaba hasta aquí no más. Como lo hizo en agosto de 2006, con mi madre, la persona que más he amado en el mundo. Y nosotros debíamos quedarnos en la cancha, seguir jugando, a pesar de no que no entendíamos bien –y creo que todavía no esta claro- de qué se trata este juego.

Para mí, al menos, la del Oscar fue mi primera muerte, mi primera maldición al cielo, las primeras lágrimas que derramé con la certeza de que esa aleación de agua más sal no serviría de nada. La primera vez que entendí que más valía recordar con cariño que lamentar con ira. Aunque todavía no me resulte del todo esta lógica. Así pues, a casi una década, tengo la certeza de que al Oscar no lo olvidaré jamás. Porque la primera muerte es como el primer amor. Por eso, donde estés, un beso. Y síguenos cuidando.

1 comentario:

Isabel Romana dijo...

Ese primer encuentro de un niño con la muerte debe ser terrible. Sobre todo, perder un amigo, porque a los mayores (aunque no lo sean mucho) se les ve viejísimos y, en cierto modo, lejanos. Pero que la señora muerte te agarre a quien tienes al lado... comprendo que aún lo recuerdes y le brindes tu afecto.
Saludos cordiales.